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Un archivador de apuntes particulares.

17 de abril de 2013

Una declaración de “amor” llena de sorpresas

La cabaña en el bosque, de Drew Goddard




Al contrario de lo que pueda parecer, el film que nos ocupa no es una película de terror al uso. La historia presenta a cinco arquetípicos universitarios (el deportista guaperas, la rubia casquivana, el bufón, la soltera pudorosa y el listo atractivo) que se disponen a pasar un fin de semana en una cabaña perdida en un lugar donde puede ocurrir prácticamente cualquier cosa. Esta premisa sirve como punto de partida a lo que es en sí toda la película, una declaración de amor hacia el cine de terror.
Los pretendientes y artífices de la idea son Joss Whedon (Los vengadores, Agentes de SHIELD, Buffy Cazavampiros) y Drew Goddard (Monstruoso, Guerra Mundial Z, Perdidos); dos guionistas que han enfocado sus trabajos a transgredir los mecanismos de construcción de los relatos fantásticos y de terror intentando contagiar su entusiasmo por el género a espectadores más o menos enamoradizos.

El cortejo comienza con el despliegue de una serie de tópicos (destaca el personaje que les avisa de que la gasolina no les alcanzará para volver del bosque) y un amplio registro de códigos del género que manifiestan los motivos por los que el espectador se rinde a este tipo de cine. La película calienta motores y embauca al espectador a través del humor negro y la autocrítica, ya que ni es una comedia ni deconstruye las bases fundamentales que sustentan la historia. A continuación, despliega y analiza sin demasiada profusión un abanico de lugares comunes, que es imposible mencionar sin revelar algo de esta caja de sorpresas, que nos atrae más a medida que descubrimos cómo avanza la trama. Además, nos engaña sobrepasando las expectativas que había creado para disimular su carácter de Show de Truman correctamente equilibrado entre suspense y diversión. Así pues, cuando uno es consciente de esta seducción y se pregunta qué está viendo realmente repara en la razón que justifica el por qué la película va mucho más allá del canon habitual: ha dado la vuelta a todas convenciones clásicas de una forma ingeniosa y llena de guiños. La conquista termina cuando el film se convierte en un delirante y agradecido homenaje a los subgéneros de terror que parece irse de madre al final del metraje. De esta forma, su originalidad como producto le permite enamorar a todo tipo de públicos, ya que en realidad la cinta se articula, sin solemnidad pero con conciencia plena de ello, como un relato metanarrativo construido a través de múltiples sustratos que muestran cómo se construyen y funcionan las películas de terror. Por eso desde un principio, Goddard y Whedon se ponen del lado del espectador para hacerle partícipe de este ejercicio a caballo, por matizar un poco más, entre el slasher y el teen horror.


La incógnita reside en reflexionar el por qué se realiza este sobrecargado experimento. Quién es ese cliente, cuyos gustos son cada vez más exigentes, al que tienen que complacer dos peculiares demiurgos interpretados por Richard Jenkins y Bradley Whitford. Más allá de que la propuesta logre o no fascinarnos, cabría preguntarse qué debe contener una película para apasionarnos como receptores finales de todo el artificio.

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